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Iglesia de San Andrés Xecul, Guatemala

No os dejaré desamparados

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Cristo dice: «No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros» (Jn 14:18-20). Voy a repetir esta frase que parece un enigma y, sin embargo, es la revelación más sublime de nuestro cristianismo: «Yo, Cristo, estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros». ¡Miren qué cadena más bella! «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama lo amará mi Padre y yo también lo amaré y me revelaré a él» (Jn 14:21).

¿Qué quiere decir esto, hermanos? Es la revelación más sublime. ¡Tu vida, trabajador!; ¡Tu vida, pobrecito que vives en una casa de cartón o rico que vives en un palacio!; Tu vida no tiene sentido si no es entrando en esta corriente, identificándose con Cristo, porque unido con Cristo tú estás con Dios y Dios está contigo. Esta es la dinámica de Cristo, ésta es la energía divina del Espíritu.

Por eso, la Iglesia después de veinte siglos, con tantas persecuciones, con verdadera furia de acabar con ella; ¡qué tiempos hubiera acabado! En El Salvador ya estuviera terminada. Pero la fuerza, el dinamismo de esta Iglesia no está en los hombres que podemos ser muy frágiles y muy pecadores. No me asusta cuando me critican de pecados porque los tengo. Y ¿quién no los tiene? Y aquellos que miran la pajita en el ojo ajeno se han olvidado que llevan una viga en el suyo; y que primero debían de quitarse la viga de sus propios ojos, el estiércol de su propia mirada, para no mirar con miradas de estiércol a los demás. Es necesario que tengamos esta perspectiva; la Iglesia por sí, humana, no consistiera, no viviera; sin embargo, la Iglesia persistirá porque está compuesta por hombres que ponen su confianza. Frágil en Cristo, y Cristo está en Dios, y Dios está en Cristo y en nosotros. Es una corriente que va de la tierra hasta el cielo por medio de Cristo; y por medio de Cristo baja del cielo a la tierra trayéndonos el Espíritu de Dios, Espíritu de verdad, Espíritu de fortaleza.

30 abril 1978

San Pablo les dice a los tesalonicenses: «No apaguéis el Espíritu. No despreciéis el don de la profecía. Examinadlo todo quedándoos con lo bueno» (1 Ts 5:19-21). ¿Qué quiere decir esto: «no extingáis el Espíritu»? Yo siento esta palabra, como Obispo y Pastor, con una tremenda responsabilidad. Porque yo sé que el Espíritu de Dios, que hizo el cuerpo de Cristo en las entrañas de María y sigue haciendo la Iglesia en la Historia aquí en la Arquidiócesis, es un espíritu que está –como dice el Génesis– aleteando sobre una nueva creación (Gn 1:2). Yo siento que hay algo nuevo en la Arquidiócesis. Soy hombre frágil, limitado y no sé qué es lo que está pasando, pero sí sé que Dios lo sabe. Y mi papel como Pastor es esto que me dice hoy San Pablo: «No extingáis el Espíritu». Si con un sentido de autoritarismo yo le digo a un sacerdote: ¡no haga eso!; o a una comunidad: ¡no vaya por allí! Y me quiero constituir como que yo fuera el Espíritu Santo y voy a hacer una Iglesia a mi gusto, estaría extinguiendo el Espíritu. […]

¿Se acuerdan cuando Cristo recibió la visita de un pagano centurión? Y cuando Cristo le dijo: «Voy a ir a curar a tu siervo». El centurión, lleno de humildad y de confianza le dice: «¡No, Señor! No soy digno de que vayas allá. Di una sola palabra y mi siervo quedará sano». Cristo se admira –dice el Evangelio– y dice: «En verdad no he encontrado tanta fe en Israel». Yo digo: Cristo dirá también de esta Iglesia: fuera de los límites del catolicismo tal vez hay más fe, más santidad. Por eso no tenemos que extinguir el Espíritu... El Espíritu no es monopolio de un movimiento, de un movimiento cristiano, de una jerarquía, ni de un sacerdocio, ni de una congregación religiosa. El Espíritu es libre y busca que los hombres, dondequiera que se encuentren, realicen su vocación de encontrarse con Cristo. El que se hizo carne para salvar toda carne humana. Eso sí, queridos hermanos, y yo sé que a la Catedral llega también gente que hasta ha perdido la fe o no es cristiana: ¡Sean bienvenidos! Y si esta palabra les está diciendo algo, yo los invito a reflexionar en la intimidad de sus conciencias porque, como Cristo, les puedo decir: El Reino de Dios no está lejos de ti, el Reino de Dios está dentro de tu corazón, búscalo y lo encontrarás (Lc 17:21). 

17 diciembre 1978

¿Qué da ese Espíritu a esa comunidad naciente de apóstoles, donde ya falta el traidor, pero que será suplido por otro y será sucedido por otros y otros, y será nuestra comunidad que hoy llena la Catedral y la que a través de la radio –tal vez– está escuchándonos? Somos la comunidad, que en la voz del Espíritu, en la promesa, en el soplo de Cristo, ha recibido el Espíritu. Recibid el Espíritu Santo (Jn 20:21-22). […] Nace la Iglesia con este soplo de Cristo y la misión que esa Iglesia llevará al mundo, a todos los siglos, no será otra que la de Cristo muerto y resucitado. La Iglesia celebra su liturgia, predica su palabra, solamente para eso: para salvar del pecado, para salvar de las esclavitudes, para derribar las idolatrías, para proclamar al único Dios que nos ama. Esta será la difícil tarea de la Iglesia y por eso Ella sabe que al cumplir esta misión, que a Cristo le hizo ganarse una cruz y unas humillaciones, tendrá que estar dispuesta también a no traicionar ese mensaje y si es necesario, como Él, a sufrir el martirio, sufrir la cruz, la humillación, la persecución.

22 abril 1979

Esta comunidad Iglesia es la que canta en la primera lectura de hoy: «Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios porque me ha vestido un traje de gala, y me ha envuelto con un manto de triunfo –miren qué comparación– como el novio que se pone la corona o la novia que se adorna con sus joyas» (Is 61:10). Cosa bella es ver un hombre y una mujer joven que se aman y van al altar vestidos con su mejor ropa. Van a entregarse al amor. Esa es la comparación que usa Cristo hoy, es Dios en el viejo Testamento para decir este pacto del Dios que nos quiere salvar y el pueblo que necesita salvación.

—17 diciembre 1978

Iglesia de San Andrés Xecul, Guatemala Iglesia de San Andrés Xecul, Guatemala. Fuente: Wikimedia Commons
Contribuido por photo of Archbishop Oscar Romero Óscar Romero

Monseñor Óscar Arnulfo Romero, intrépido defensor de los pobres y desamparados, alcanzó renombre mundial durante sus tres años como arzobispo de San Salvador. Se murió por la bala de un asesino en 1980.

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