Plough Logo

Shopping Cart

  Ver carrito

Subtotal:

Caja
sunrise at Aguas Dulces

Este combate de la fe

por Óscar Romero

0 Comentarios
0 Comentarios
0 Comentarios
    Enviar

Cuando nuestra vida sea así, teocéntrica, Dios en el centro de mi vida y desde Dios derivar mis relaciones con los prójimos, desde Dios derivar el uso de las cosas que Dios ha creado, desde Dios, centro que ilumina mi ética, sería honrado, honesto, no diría la mentira, no distorsionaría las noticias, no calumniaría; porque sé que Dios me va a pedir cuentas. Desde Dios, y luego, desde allí, San Pablo deriva: «Practica la justicia, la religión, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe» (1 Tim 6:11-12).

Hermanos, es un combate en el cual estamos empeñados, combate de la fe: no de armas ni de violencias; sino de ideas, de convicciones, la violencia en primer lugar a nosotros mismos, bajo la inspiración de la fe, bajo las exigencias de esto que San Pablo dice hermosamente: «Te insisto en que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche» (1 Tim 6:14). El mandamiento es el conjunto de las cosas que Dios ha revelado y ha mandado, y el hombre como siervo de Dios tiene obligación de obedecer. Pero cuando se ha sacudido el yugo de Dios, y Dios ya no se oye en la conciencia, entonces, tenemos nada más que cada uno quiere ser un Dios. Y sucede el cataclismo, como si el sol perdiera a su centro de gravedad y los planetas que giran alrededor de él, como locos se fuera cada uno a chocar contra el otro. Así está. El sol es Dios y mientras en torno de ese sol giren los hombres con una ética viendo a Dios, los hombres viviremos como hermanos.

-25 septiembre 1977

Queremos la paz, pero una paz no de violencia, no de cementerios, no de imposición y de extorsión; una paz que sea fruto de la justicia, una paz que sea fruto de la obediencia a Dios que esperó de los hombres derechos y los hombres le han dado asesinatos. Esperó justicia, eso debía producir su viña, lo humano y lo cristiano en El Salvador, debía haber producido mucha paz, mucho derecho, mucha justicia. Qué distinta sería la Patria si estuviera produciendo lo que Dios plantó, pero Dios se siente fracasado con ciertas sociedades (y yo creo que la página de Isaías y de San Pablo en el domingo de hoy se hace triste realidad salvadoreña): Esperé derecho, y allí tenéis, asesinatos; esperé justicia, y allí tenéis, lamentos (Is 5:7).

No es sembrar aquí la discordia, simplemente es gritar al Dios que llora, el Dios que siente el lamento de su pueblo, porque hay mucho atropello; el Dios que siente el lamento de sus campesinos que no pueden dormir en sus casas, porque andan huyendo de noche; el lamento de los niños que claman por sus papás que han desaparecido: ¿dónde están? No es eso lo que esperaba Dios, no es una patria salvadoreña como la que estamos viviendo lo que debía ser el fruto de una siembra de humanismo y de cristianismo.

-8 octubre 1978

¡Ah! si tuviéramos hombres de oración entre los hombres que manejan los destinos de la patria, los destinos de la economía. Si entre los hombres, más que apoyarse en sus técnicas humanas, se apoyaran en Dios y en sus técnicas, tuviéramos un mundo como el que sueña la Iglesia: un mundo sin injusticias, un mundo de respeto a los derechos, un mundo de participación generosa de todos, un mundo sin represiones, un mundo sin torturas. Y me perdonan que siempre mencione las torturas, porque hay una pesadez en mi pobre espíritu cuando pienso en los hombres que sufren azotes, patadas, golpes de otro hombre. Si tuvieran un poquito de Dios en su corazón, veían en ese hermano, un hermano, una imagen de Dios; y lo digo porque las situaciones siguen; siguen las capturas, las desapariciones. Ojalá hermanos, que un poquito de contacto con Dios, desde esas mazmorras que parecen infiernos, bajara un poquito de luz e hicieran comprender lo que Dios quiere de los hombres. Dios no quiere esas cosas. Dios reprueba la maldad. Dios quiere el bien, el amor.

-17 julio 1977

Tenemos un mensaje que comunicar al mundo, nosotros somos los responsables. Cuando Cristo escogió doce hombres para transmitirles su sabiduría divina, terminó diciéndoles: «Muchas otras cosas tengo que decirles pero no son capaces de recibirlas» (Jn 16:12-13); es tan grande el depósito de esta revelación divina, sólo les ofrezco mi espíritu divino que estará con ustedes; ustedes, los escogidos del pueblo, tendrán una asistencia especial de Dios para que en cada momento de la historia prediquen mi palabra conforme a las necesidades de esa hora, encarnando esa palabra en las necesidades, en los pecados, en las virtudes del pueblo que les toque regir. Este es el gran ministerio de la palabra, tan difícil, tan incomprensible, que muchas veces el diálogo que la Iglesia quiere entablar con el mundo para iluminarlo por la palabra de Dios se vuelve del mundo en una persecución, en una ofensa, a veces tan grosera, como la que está sufriendo el ministerio de la palabra en esta hora. Vino a los suyos, podemos decir, brilló la luz y las tinieblas no lo quisieron recibir (Jn 1:11,5). El ministerio de la iniquidad, el ministerio del pecado, que la Iglesia trata de arrancarle al mundo y a la historia y que la historia y el mundo tratan de sofocar a la palabra de Dios.

Queremos la paz, una paz que sea fruto de la justicia, una paz que sea fruto de la obediencia a Dios.

Por eso, hermanos sacerdotes, ustedes que llegan a la cumbre de su ordenación sacerdotal para predicar una palabra que quema, que como los profetas sienten ustedes en sus entrañas, es un fuego devorador que quisiéramos más bien rehuir, no digo este honor, sino esta carga profética de ir a anunciar al pueblo la revelación auténtica. Queridos hermanos, que no vaya a ser falso el servicio de ustedes desde la palabra de Dios, que es muy fácil ser servidores de la palabra sin molestar al mundo, una palabra muy espiritualista, una palabra sin compromiso con la historia, una palabra que puede sonar en cualquier parte del mundo porque no es de ninguna parte del mundo; una palabra así no crea problemas, no origina conflictos. Lo que origina los conflictos, las persecuciones, lo que marca la Iglesia auténtica es cuando la palabra quemante como la de los profetas anuncia al pueblo y denuncia: las maravillas de Dios para que las crean y las adoren, y los pecados de los hombres que se oponen al reino de Dios para que lo arranquen de sus corazones, de sus sociedades, de sus leyes, de sus organismos que oprimen, que aprisionan, que atropellan los derechos de Dios y de la humanidad. Este es el servicio difícil de la palabra, pero el espíritu de Dios va con el profeta, va con el predicador porque es Cristo que se prolonga anunciando su reino a los hombres de todos los tiempos.

-10 diciembre 1977

sunrise at Aguas Dulces
Contribuido por photo of Archbishop Oscar Romero Óscar Romero

Monseñor Óscar Arnulfo Romero, intrépido defensor de los pobres y desamparados, alcanzó renombre mundial durante sus tres años como arzobispo de San Salvador. Se murió por la bala de un asesino en 1980.

Aprender más
0 Comentarios